Orobo
¿Cuánto tiempo me ha llevado llegar hasta este momento? ¿Quince años? Quince duros años teniendo que estar escondido por culpa de la clase que me fue asignada sin mi consentimiento. ¿Por qué demonios Arkanho seguiría impartiendo clases prohibidas como la mía?
Sigo pensando que ese desgraciado no tiene ningún motivo oculto más allá de su simple diversión. Le apasiona ver cómo el mundo va en contra de una persona mientras esta intenta sobrevivir (sufriendo por el camino, para variar).
Y, cómo no, nadie me creería. Al fin y al cabo, ¿quién escucharía al maldito nigromante en vez de al “héroe” que derrotó a la calamidad y salvó el mundo? ¡Si el muy bastardo fue quien creó la calamidad! ¿Cómo es que nadie se ha parado a pensar por qué solo su magia era capaz de dañarla?
Además, lleva siglos “ayudando” al reino y a su gente, lo que le asegura una posición privilegiada en la sociedad.
Si cree que voy a buscar venganza contra él, está muy equivocado. Al principio solo quería verlo sufrir de la manera más lenta y dolorosa posible, pero hace tiempo que dejé de sentir animadversión hacia él. Con el tiempo he descubierto una ventaja de la clase Nigromante que jamás se había visto.
Mis pensamientos se ven interrumpidos por una voz conocida que me devuelve al presente. Vera me mira con su eterna expresión de enfado, aunque es difícil tomársela en serio cuando es un esqueleto maquillado.
—¿Ya estás otra vez en tu mundo? ¡Espabila o nos encontrarán antes de terminar!
Me doy la vuelta y la veo mirándome fijamente, toda la cara de enfado que puede tener un esqueleto. Pero bueno, procedamos a lo que tenemos que hacer.
—Te estaba esperando. Recuérdame otra vez, ¿por qué te maquillas si eres un esqueleto?
—¿Cómo que por qué? ¡Vamos a reencarnarnos en un nuevo mundo! Lo mínimo que puedo hacer es dejarles un “regalito” a quienes nos persiguen.
—¿Un esqueleto maquillado? ¿Qué clase de regalo es ese? Por el amor de Dios, lo único que van a pensar es que soy un maldito degenerado.
—Dos cosas. Primero, es que sí eres un degenerado. Segundo, que este maquillaje es especial: en cuanto una chispa lo roce, provocará una explosión enorme. Me da pena no saber a cuántos me llevaré por delante —¡JA, JA, JA!
Mejor no digo nada y me centro en lo mío.
Me acerco a los tanques donde está almacenada la energía necesaria para la reencarnación. Me habría gustado construirlos con un material transparente en lugar de este, totalmente opaco, pero es lo que hay.
—Una pregunta, Orobo: ¿no crees que es demasiada energía? Recuerdo que hace tiempo me comentaste que no hacía falta acumular tanta.
—Buena pregunta. Efectivamente, no es necesario tanta energía para la reencarnación, pero eso no significa que no pueda usar el excedente con otros fines. Mi intención es crear dos pseudoalmas que, cuando ya no estemos en este mundo, controlen nuestros cuerpos y luchen contra los “héroes”. A fin de cuentas, es bastante probable que detecten el ritual en cuanto comience.
—Entiendo.
—Dichas pseudoalmas también eliminarán cualquier rastro del ritual y crearán otro nuevo. Ese será el que verán los héroes y Arkanho cuando lleguen. Será una especie de bomba a gran escala dirigida al centro del reino, usando la energía restante. Lucharemos hasta el final y, como siempre, los “buenos” nos matarán, cancelarán el ritual y luego lo celebrarán. Aun así, tengo preparado un segundo ritual, para que crean que ese es el verdadero. Ya sabes que Arkanho sospecharía si todo fuera tan sencillo.
—Cierto, esa rata escurridiza es más lista de lo que la gente cree. Sabiendo que has estado quince años avanzando en la clase sin que te detuvieran, dudo que él piense que todo se reduce a un simple ritual a primera vista.
—Exacto. Además, he oído ciertos rumores de que no le queda mucho tiempo, así que no me extrañaría que me impusiera esta clase para comprobar si existía alguna oportunidad de conseguir la inmortalidad.
—¡Ja! Imagínate si se entera de que has descubierto la forma de realizar la reencarnación, pero llega demasiado tarde para él.
—Mejor que no se entere nunca, no vaya a complicarnos las cosas.
Después de tres días preparándolo todo, ha llegado el momento de ejecutar el plan.
—¿Estás preparada? No hay vuelta atrás.
—Llevo preparada la tira de tiempo. No hace falta que me lo preguntes otra vez.
Pues vamos allá. Las runas del suelo empiezan a brillar con una luz morada mientras se elevan poco a poco. Las del techo también se encienden y descienden, mientras nosotros nos situamos en el centro de ambas.
Todo llega a su clímax cuando las runas se juntan y desprenden nuestras almas de nuestros cuerpos, llevándonos a un nuevo mundo.
—Espero no veros nunca más, pedazo de imbéciles.
Y con esa última frase, nuestra historia en este mundo termina.
Arkanho
Por fin ha comenzado su “venganza”. Pobre alma; cree que no lo detectaría simplemente por colocar un conjunto de runas alrededor de la montaña. Ni que fuera el primero en pensar en esa forma de ocultar sus intenciones. Y también se creerá único en haber ideado esa bomba. Por favor, si fui yo quien la creó hace milenios.
“Héroes, nuestra ciudad está en peligro. Por favor, salvadnos de la locura del nigromante”. Eso dice el actual rey del imperio. ¿Cómo se llamaba? ¿Reon? ¿Solisto? Bah, no vale la pena preocuparse por meros insectos.
—No os preocupéis, mi señor. Un simple nigromante no es amenaza para nadie.
Y es cierto: con mi habilidad Glotón puedo absorber toda la energía de la bomba sin dificultad. Luego podría liberarla en otro lugar, como en el Estado de Varraido, que se está acercando demasiado a mi territorio y podría causarme molestias. Es mejor deshacerse de ellos.
Una vez en la entrada de la caverna, nos preparamos para la batalla. No tengo intención de ayudar en exceso a los héroes, así que diré que debo concentrarme en absorber toda la energía de la bomba y que no podré participar tanto como desearía.
—Es el momento de acabar con esta amenaza. Por desgracia, tengo que centrarme en absorber toda la energía acumulada, así que no podré ayudaros demasiado. Aun así, sois las personas más fuertes del reino, así que no tendréis problemas para acabar con el nigromante.
Entramos en la cueva y no encontramos ni una sola trampa. Me extraña mucho que Orobo no haya puesto nada. ¿Qué estará tramando?
Llegamos a una gran sala, donde nos topamos con mi querido Orobo y su compañera.
—¡Héroes, ha llegado la hora de la verdad! ¡Atacad!
Los héroes comienzan a enfrentarse a Vera y a Orobo. Tengo que reconocer que se han vuelto bastante fuertes, pero no lo suficiente como para ser una verdadera molestia para mí.
Mientras luchan, uso mi habilidad Glotón para absorber toda la energía de la bomba. Un grito agónico me distrae y, al darme la vuelta, veo a Orobo partido por la mitad, maldiciendo al mundo y a mí. Pero antes de que suelte alguna tontería que pueda causarme problemas, el héroe emplea su habilidad Tajo, seccionando lo que quedaba del nigromante (y parte de la montaña en la que nos encontramos).
Al morir Orobo, Vera también cae. Al fin y al cabo, no es más que un alma atrapada en un esqueleto que se movía gracias a la energía del nigromante.
Cuando han caído, procedo a absorber la energía restante de la bomba. Sin embargo, sucede algo que no esperaba: tras terminar de absorberla, aparecen unas runas a mi alrededor.
“¿Qué se supone que es esto? Ya me imaginaba que haría algo así. Siempre lo hacen.”
No obstante, las runas se rompen de repente y empiezo a marearme.
—¡Arkanho! —oigo a los héroes acercarse para ayudarme, pero apenas los escucho—. Increíblemente, Orobo ha logrado afectarme. No recuerdo la última vez que alguien pudo hacerme esto.
Procedo a meditar para expulsar la energía corrupta que me está destrozando los órganos, y después utilizo la técnica de Regeneración Instantánea para recuperarme por completo.
—No os preocupéis, está todo bajo control. Simplemente ha sido un intento de acabar conmigo, pero no era lo suficientemente fuerte.
—Menos mal… Sin ti el reino no sobreviviría.
—Tranquilos, no acabarán conmigo tan fácilmente. Sin embargo, tenemos un problema: Orobo os ha mostrado ciertos recuerdos que no me interesa que salgan a la luz, ¿entendido?
Héroes
Todo se desarrollaba como habíamos planeado: nuestro grupo se centraría en eliminar al nigromante mientras Arkanho se encargaba de la bomba de energía.
Sin embargo, no esperaba lo que sucedió a continuación.
Antes de matar a Orobo y a Vera, escuchamos un pequeño grito que proviene del Magus. De manera instantánea, se queda inmóvil, como si estuviera congelado en el tiempo.
Entonces, el nigromante nos mira y dice:
—¿Queréis saber la verdad? Da igual vuestra respuesta, porque os la voy a mostrar queráis o no.
De repente, nuestro entorno comienza a distorsionarse como si un tornado rompiera la realidad misma. Cuando termina, nos encontramos en una sala completamente blanca.
—¿Por qué me has traído aquí, Gran Magus?
Nos giramos y vemos al Magus y a un niño pequeño, visiblemente nervioso.
—Hoy es un gran día, Orobo. Te ayudaré a obtener una clase muy interesante.
Observamos cómo ambos se acercan a un pedestal con extrañas runas. El pedestal, de forma cilíndrica, está hecho de un material desconocido y llega aproximadamente a la cintura de un adulto.
Lo más sorprendente es que el niño se llama “Orobo”. ¿El mismo nigromante al que casi acabamos de matar? Pero se supone que Arkanho no lo conocía en persona… ¿Cómo es posible? ¿Nos han estado engañando todo este tiempo?
De repente, Arkanho sujeta al pequeño Orobo y lo obliga a tumbarse sobre el pedestal.
—¿Gran Magus? ¿Qué es esto?
—¿Esto? Es maravilloso. Me permite forzar una clase a quien se coloque encima. ¿No te parece increíble?
—¡Pero eso es imposible! Todos los textos que hemos estudiado dicen que solo el Sistema puede otorgar clases a las personas.
—Bueno, esos textos los escribí yo hace mucho tiempo. Muchos llegaron a esa misma conclusión, y por desgracia no pudieron seguir con vida. Lo importante es: siendo tú un niño tan amable, siempre preocupado por los demás, ¿qué pasaría si, por obra del destino, te convirtieras en nigromante? Ver cómo todo el mundo te persigue es fascinante. Pero tranquilo, no eres el primero al que he “otorgado” una clase prohibida. Al fin y al cabo, no soléis durar mucho.
—¿Por qué me haces esto?
—No llores, pequeño Orobo. Simplemente disfruto viendo sufrir a los débiles. Además, no puedo ser el gran héroe si de vez en cuando no aparece un villano, ¿verdad?
—No lo entiendo.
—No hace falta que lo entiendas. La sociedad necesita creer en héroes, y yo necesito una sociedad controlada para mis propios fines. ¡Todos ganamos! Excepto tú, claro. Tú vas a tener una vida bastante desgraciada. Venga, te contaré un secreto.
Arkanho se acerca lentamente al oído del niño y le susurra algo que nadie se imaginaba.
—¿Quieres saber cómo derroté a la gran calamidad? Muy fácil, sobre todo si eres tú mismo quien la ha creado. Me aseguré de que solo mi magia pudiera herirla, así me convertí en el mayor héroe de la historia, amado y venerado por todos. Y, lo más importante, con poder para controlar el reino.
No puede ser. ¿Arkanho creó la calamidad? Me niego a creerlo, pero la magia de ilusión no logra reproducir tantos detalles. Puedo ver hasta el polvo en el aire.
Arkanho inicia un ritual, pero de nuevo el tornado aparece y la visión se desvanece, regresándonos al presente.
—¿Qué os ha parecido? Seguro que ahora no veis a Arkanho de la misma manera, ¿no? —dice Orobo.
—Si lo que nos has mostrado es cierto, ¡tenemos que informar al rey!
—Lo siento, pero ya es demasiado tarde para mí. Sin embargo, inventé un proyector que transmite imágenes y sonido a todas las fuentes del reino. Todo lo que ha pasado aquí, tanto en el presente como en mi visión del pasado, se ha retransmitido por todo el reino. El Magus no tardará en volver en sí, y cuando eso ocurra, necesito que me matéis. Eso os dará el tiempo que necesitáis para que el ejército y el resto de aventureros salgan de su estupor y vengan a pedir explicaciones.
—Lo siento mucho, no lo sabíamos… Descansa en paz, Orobo.
Orobo y Vera
—Bueno, parece que mi plan ha funcionado a la perfección.
—No hace falta que lo repitas. Tu plan es excelente y sin fallos, mientras que el mío ha sido un fracaso absoluto.
—No te preocupes. Creo que va siendo hora de abandonar este mundo, ¿no crees?
—Pues sí. Es una pena que no sepamos cómo terminará todo. ¿Crees que el reino entero pedirá la cabeza de Arkanho?
—No tengo ni idea, pero ese problema ya no es nuestro. Y también quería darte las gracias: si no me hubieras convencido de alterar el ritual para postergar nuestra partida, no sabría si mi plan secreto habría funcionado.
—No hay de qué. Pero ya no puedo prolongar más mi estancia en este planeta, así que nos vemos en el siguiente, Orobo.
—Lo mismo digo, Vera. Intenta no liarla nada más reencarnarte.
—¿Yo? ¡Jamás hago nada raro! No tienes de qué preocuparte.
—Ya… Lo que significa que, si quiero encontrarte, solo tendré que mirar las noticias.
—¿Quién sabe? ¡Quizá hasta sea millonaria!
Y, con esto, nuestras almas viajan hasta el planeta designado.
Fin.
